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2 toneladas para ir al súper: Por qué la micromovilidad eléctrica en trayectos cortos es el fin del absurdo urbano

Fijate en esto: mañana salís de tu casa, te subís a un vehículo que pesa 1.500 kilos, encendés un motor de combustión que desperdicia el 70% de su energía en forma de calor y manejás 3 kilómetros para comprar una bolsa de café o llegar a la oficina. Si lo mirás con frialdad, es un sinsentido físico y económico.

Comparación visual de la eficiencia de espacio entre un SUV y un moto eléctrica en la ciudad.
Comparación visual de la eficiencia de espacio entre un SUV y un moto eléctrica en la ciudad.

Mover dos toneladas de metal para transportar 80 kilos de carne y hueso en distancias cortas es, probablemente, el hábito más ineficiente que heredamos del siglo XX. Pero la buena noticia es que el tablero está cambiando. La micromovilidad eléctrica en trayectos cortos no es una «tendencia verde» para quedar bien en un informe de sustentabilidad; es la respuesta técnica a un problema de espacio y energía que las ciudades ya no pueden ignorar.

La matemática no miente: Eficiencia real vs. comodidad heredada

Vamos a los números, que son los que no tienen sentimientos. Un auto promedio emite entre 200 y 250 gramos de CO_2 por cada kilómetro recorrido. Si pasamos eso a un viaje de 5 kilómetros, ya le regalaste al planeta más de un kilo de gases de efecto invernadero antes de tomarte el primer mate del día.

En cambio, un monopatín o una bicicleta eléctrica emiten, considerando todo su ciclo de vida y la generación de la energía para cargarlos, entre 10 y 15 gramos por kilómetro. Estamos hablando de una reducción del impacto ambiental superior al 90%.

Pero la clave no es solo la emisión, sino la eficiencia termodinámica. Para mover un vehículo eléctrico liviano (VMP), necesitás entre 20 y 40 veces menos energía que para mover un Tesla o cualquier SUV eléctrico. La micromovilidad es, por definición, el uso inteligente de los recursos: usás solo la energía que necesitás para desplazarte vos, no para arrastrar un chasis blindado por el asfalto.

El mito de la «última milla»: ¿Es solo el último tramo o es todo el viaje?

Durante años, los analistas de transporte hablamos de la «última milla». Ese concepto que decía que el monopatín eléctrico servía solo para ir de la estación de subte a tu oficina. Error.

Hoy los datos del Global Micromobility Index muestran algo distinto. En ciudades con una densidad razonable, el monopatín o la bici eléctrica se están convirtiendo en el trayecto único. El 50% de los viajes urbanos a nivel global son de menos de 5 kilómetros. Esa es la «zona dulce» de la micromovilidad.

¿Para qué vas a esperar el colectivo o renegar buscando estacionamiento si podés hacer el trayecto puerta a puerta en el mismo tiempo (o menos) y por una fracción del costo? La gente no es tonta: cuando la tecnología es fiable y el costo por kilómetro es casi nulo, el cambio de hábito es inevitable.

El impacto ambiental que tu ciudad nota (y tus pulmones también)

Si alguna vez caminaste por el centro de una ciudad congestionada a las 6 de la tarde, sabés de qué hablo. El ruido y el calor que emanan los motores de combustión crean un microclima insoportable.

Representación visual de la reducción de contaminación al elegir micromovilidad eléctrica.

La adopción masiva de la micromovilidad eléctrica ataca dos frentes críticos:

  1. Contaminación sonora: El silencio de los motores eléctricos reduce el estrés ambiental, algo que los informes de organismos internacionales ya vinculan directamente con la salud pública.
  2. Calidad del aire local: Al reemplazar trayectos cortos —donde los motores de combustión son más ineficientes porque no llegan a su temperatura óptima de funcionamiento—, eliminamos los picos de emisiones de partículas finas en las zonas donde más gente camina.

Es matemática pura aplicado al bienestar. Menos ruido y aire más limpio no son «lujos», son necesidades básicas que el transporte pesado nos quitó y la micromovilidad nos está devolviendo.

Infraestructura: El cemento que dicta el comportamiento

Acá es donde nos ponemos serios. Podés tener el mejor monopatín del mundo, pero si tenés que compartir la avenida con un camión de caudales que te pasa a medio metro, no lo vas a usar.

Ciclovía segregada en una ciudad moderna con usuarios de bicicletas y monopatines eléctricos.

La infraestructura para vehículos no motorizados es el verdadero motor del cambio. Ciudades como Bogotá, París o incluso los avances que hemos visto en Buenos Aires, demuestran que si construís la ciclovía, la gente aparece. La infraestructura segregada no es un gasto, es una inversión con un retorno social altísimo.

Un carril de tres metros de ancho puede transportar cinco veces más personas por hora si se usa para micromovilidad que si se usa para autos particulares. El espacio urbano es el recurso más escaso que tenemos; seguir regalándoselo a los autos estacionados el 90% del tiempo es una gestión pésima de los activos públicos.

Los «puntos de fricción»: Lo que nadie te cuenta

Como soy analista y no un vendedor de monopatines, te voy a decir la verdad: no todo es color de rosa. La micromovilidad tiene desafíos que muchos prefieren ignorar para que el artículo quede «lindo»:

  • La seguridad vial: El riesgo de siniestralidad es real si no hay normativa y educación. El usuario de micromovilidad es vulnerable. Necesitamos cascos, luces y, sobre todo, una reducción de la velocidad máxima de los autos en zonas urbanas.
  • El mantenimiento: Las baterías de litio no son eternas. Si no tenemos un plan de reciclaje serio para estas celdas, en diez años vamos a tener un problema ambiental distinto, pero problema al fin.
  • El clima y el robo: Sí, si llueve te mojás. Y sí, si dejás la bici atada en una zona insegura, es probable que no la encuentres. Son barreras de entrada que requieren soluciones de diseño urbano (estacionamientos seguros) y tecnología (GPS integrados).

La ciudad de los 15 minutos empieza en tu garaje

La famosa «ciudad de los 15 minutos» —donde todo lo que necesitás está a un cuarto de hora de distancia— no se construye solo con leyes de zonificación. Se construye cambiando la forma en que nos movemos.

Reemplazar el auto en trayectos cortos con micromovilidad eléctrica es la decisión más disruptiva que podés tomar hoy. No solo por el ahorro económico o por evitar el tráfico, sino porque estás dejando de participar en un sistema que quema recursos de forma absurda.

El cambio de paradigma es este: el auto para la ruta, la micromovilidad para la calle. Es simple, es técnico y es, por sobre todo, de sentido común.

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